La serie Narcos: México, producida por Netflix y estrenada en 2018 como un spin-off de la aclamada Narcos, se adentra en el oscuro y violento mundo del narcotráfico mexicano de las décadas de 1980 y 1990. Centrada en la ascensión del cártel de Guadalajara y en figuras emblemáticas como Miguel Ángel Félix Gallardo (interpretado por Diego Luna) y el agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena (Michael Peña), la producción ha sido elogiada por su narrativa envolvente y su estética cruda. Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿Hasta qué punto la serie es fiel a los hechos históricos?
Los cimientos del narcotráfico moderno
La primera temporada de Narcos: México retrata la consolidación del cártel de Guadalajara, una organización que, bajo el liderazgo de Félix Gallardo, unificó a traficantes independientes para construir un imperio basado en la cocaína. Este periodo coincide con la transición de México de ser un país productor de marihuana y heroína a convertirse en el principal corredor de cocaína hacia Estados Unidos, aprovechando la presión sobre los cárteles colombianos en la era del Cartel de Medellín.
Según historiadores y reportes periodísticos, como los plasmados en el libro Narcoland: The Mexican Drug Lords and Their Godfathers de Anabel Hernández, la serie captura aspectos clave de esta transformación. La alianza entre autoridades corruptas, políticos y narcotraficantes —representada en la serie mediante escenas de sobornos y acuerdos clandestinos— refleja una realidad documentada. Sin embargo, la trama tiende a simplificar procesos complejos. Por ejemplo, la fragmentación del cártel en los años 90, que dio origen a grupos como los de Sinaloa y Tijuana, se presenta de forma más lineal y menos caótica de lo que realmente ocurrió.
Entre la realidad y la licencia creativa
Miguel Ángel Félix Gallardo, conocido como “El Jefe de Jefes”, es retratado como un estratega frío y calculador. Aunque su habilidad para tejer alianzas político-criminales está bien reflejada, la serie omite aspectos controvertidos de su vida personal y su caída, marcada por traiciones internas que no siempre son exploradas en detalle. Por otro lado, personajes como Rafael Caro Quintero (Tenoch Huerta) y Ernesto Fonseca Carrillo (Joaquín Cosío) son representados con cierta fidelidad a sus perfiles delictivos, aunque sus motivaciones y diálogos son, en gran medida, producto de la ficción.
Un caso emblemático es el del agente Kiki Camarena. Su secuestro, tortura y asesinato en 1985 marcaron un punto de inflexión en la relación entre México y Estados Unidos. La serie detalla su infiltración en campos de marihuana y su confrontación con narcotraficantes, pero expertos como Elaine Shannon, autora de Desperados, señalan que algunos eventos —como el descubrimiento de un cultivo gigante— son dramatizados para aumentar el impacto emocional.
Aciertos y omisiones
El asesinato de Camarena, episodio central de la primera temporada, se basa en investigaciones reales de la DEA. Sin embargo, la serie sugiere que Félix Gallardo ordenó directamente el crimen, mientras que fuentes históricas indican que la decisión fue tomada por Caro Quintero y Fonseca Carrillo, con posible complicidad de autoridades mexicanas. Además, la serie minimiza el papel de actores externos, como la CIA, cuya implicación en el tráfico de armas y dinero durante la Guerra Fría ha sido ampliamente discutida en investigaciones como las del periodista Gary Webb.
Otro ejemplo es la Operación Leyenda, la respuesta masiva de la DEA tras la muerte de Camarena. Aunque la serie muestra redadas y tensiones bilaterales, no profundiza en las violaciones a derechos humanos cometidas durante estas investigaciones, un tema aún polémico en México.
Licencias creativas: El arte de entretener
Los creadores de Narcos: México han admitido que, aunque se basan en hechos reales, priorizan la narrativa dramática. Personajes como Walt Breslin (Scoot McNairy), narrador en la segunda temporada, son composiciones ficticias que representan a múltiples agentes de la DEA. Asimismo, escenas de acción espectaculares —como tiroteos en las calles de Culiacán— exageran la escala de violencia para crear un efecto cinematográfico.
La estética de la serie, aunque meticulosa en recrear la moda y los escenarios de la época, idealiza ciertos elementos. Por ejemplo, la vida de lujo de los narcotraficantes se muestra con un glamour que contrasta con testimonios de la época, donde el dinero rápido a menudo llevaba a la paranoia y el aislamiento.
Críticas y controversias
Narcos: México no ha estado exenta de polémicas. Familiares de personas relacionadas con los eventos han acusado a la serie de explotar tragedias reales. En 2019, el asesinato de un locacionista en México puso bajo la lupa los riesgos de retratar historias sensibles en regiones aún controladas por el crimen organizado.
Por otro lado, académicos como Luis Astorga, especialista en narcotráfico, reconocen que, pese a sus ficciones, la serie acerca al público a una realidad histórica poco comprendida. “No es un documental, pero genera preguntas sobre corrupción e impunidad que siguen vigentes”, afirma el autor del libro Mitología del “narcotraficante” en México.
Un reflejo distorsionado, pero revelador
Narcos: México logra capturar la esencia de una época definida por la ambición, la traición y la colusión entre el crimen y el poder. Si bien toma libertades narrativas —condensando líneas temporales, fusionando personajes o inventando diálogos—, su valor reside en exponer los mecanismos sistémicos que permitieron el auge del narcotráfico.
Como obra de entretenimiento, cumple su objetivo: enganchar al espectador con una trama intensa. Como documento histórico, debe verse con ojos críticos, complementando su visión con fuentes periodísticas y académicas. En el equilibrio entre estos dos polos, la serie se erige no como una crónica fidedigna, sino como un punto de partida para entender un capítulo oscuro —y aún abierto— de la historia de México.